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domingo, 28 de diciembre de 2014

Envío - Che Guevara

"Amor: ha llegado el momento de enviarte un adiós que sabe a campo santo (a hojarasca, a algo lejano y en desuso, cuando menos). Quisiera hacerlo con esas cifras que no llegan al margen y suelen llamarse poesía, pero fracasé; tengo tantas cosas íntimas para tu oído que ya la palabra se hace carcelero, cuanto más esos algoritmos esquivos que se solazan en quebrar mi onda. No sirvo para el noble oficio de poeta. No es que no tenga cosas dulces. Si supieras las que hay arremolinadas en mi interior. ¡Pero es tan largo, ensortijado y estrecho el caracol que las contiene, que salen cansadas del viaje, malhumoradas, esquivas, y las más dulces son tan frágiles!

Quedan trizadas en el trayecto, vibraciones dispersas, nada más. […] Carezco de conductor, tendría que desintegrarme para decírtelo de una vez. Utilicemos las
palabras con un sentido cotidiano y fotografiemos el instante.

[…] Así te quiero, con recuerdo de café amargo en cada mañana sin nombre y con el sabor a carne limpia del hoyuelo de tu rodilla, un tabaco de ceniza equilibrista, y un refunfuño incoherente defendiendo la impoluta almohada […]

Así te quiero; mirando los niños como una escalera sin historia (allí te sufro porque no me pertenecen sus avatares), con una punzada de honda en los costados, un quehacer apostrofando al ocio desde el caracol […]

Ahora será un adiós verdadero; el fango me ha envejecido cinco años; sólo resta el último salto, el definitivo.

Se acabaron los cantos de sirena y los combates interiores; se levanta la cinta para mi última carrera. La velocidad será tanta que huirá todo grito. Se acabó el pasado; soy un futuro en camino.

No me llames, no te oiría; sólo puedo rumiarte en los días de sol, bajo la renovada caricia de las balas […]

Lanzaré una mirada en espiral, como la postrera vuelta del perro al descansar, y los tocaré con la vista, uno a uno y todos juntos.

Si sientes algún día la violencia impositiva de una mirada, no te vuelvas, no rompas el conjuro, continúa colando mi café y dejáme vivirte para siempre en el perenne instante."


Tomado de: March, A. (2008). Evocación. Colombia. Editorial Planeta.

1 comentario:

  1. Amor infinito el de Guevara por la poesía, he aquí un testimonio:

    Encrucijada


    Nos separaba de la calle
    el cristal empañado de lluvia.
    Yo estaba lejos del mundo,
    hoja caída en el remanso de su llanto.

    Ella era menuda y tierna
    y se hacía más menuda entre mis brazos
    y más tierna bajo mis ojos.
    Entre nosotros y la calle
    y la lluvia y el cristal de la ventana
    eran dos abismos de plata.

    La vida estaba allí naufragando en sus ojos
    la belleza dormía en sus senos perfumados
    la luz -toda la luz- se me daba en su boca
    la humanidad - mi humanidad - era ella.

    Más allá del cristal
    más allá de la lluvia
    pasaron...
    Yo separé los ojos de los ojos de ella
    para verlos pasar.

    Marchaban chapoteando en el barro
    los pies descalzos.
    Desfilaban los rostros anochecidos de hambre.

    Y las manos encallecidas de miseria
    y las almas curvadas de injusticia
    y las voces amanecidas de odio
    desfilaban los pies descalzos.

    Iba la madre con el hijo al cuadril
    y el anciano rumoreando penas.
    Y el mozo flameando la bandera,
    iban de frente hacia la vida
    armoniosamente rebeldes.

    No sé si me lo gritaron ellos
    o si me lo grité yo mismo.
    Pero en las filas, de los que pasaban
    estaban mi puesto, mi bandera y mi grito.


    El cristal empañado de lluvia
    esfumaba los rasgos de la calle
    por donde pasaban los míos.
    Volví los ojos hacia ella
    que se hacia casi yo entre mis brazos
    y le dije:
    - Me llaman los que pasan.

    Sus ojos empañados
    me separaban de su alma
    como el cristal con lluvia
    me separaba de la calle.

    Me dijo lentamente:
    - No te vayas.

    Y se hizo más menuda entre mis brazos
    y me ofreció su boca palpitante
    y sentí junto a mi, temblorosos sus senos.

    Yo escuchaba chapotear en el barro
    los pies descalzos
    y presentía los rostros anochecidos
    de hambre.

    Mi corazón fue un péndulo entre
    ella y la calle...

    Y no sé con qué fuerza me libré
    de sus ojos
    me zafé de sus brazos.
    Ella quedó nublando de lágrimas
    su angustia.
    Tras de la lluvia y del cristal
    pero incapaz para gritarme:
    - ¡ Espérame !
    ¡ Yo me marcho contigo ! Miguel Otero Silva

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